Luz María vuela ya en libertad

05 Me ha escrito Shane, hijo de John y Luz María Mulhern, informándome de la muerte de su madre… Al acabar el día, dedico un rato a buscar viejas fotos queridas en las que rescatar su sonrisa. La más bonita, para mí, es ésta en la que estoy entre Bryan y Luz cuando marché a Camerún.

Dice San Juan de la Cruz que, al atardecer de la vida, nos examinarán del amor. Ella fue todo amor: generosa, humilde, acogedora, cariñosa, tierna, madre, hermana, amiga…

El nombre de Luz era una definición de su persona. Ella irradiaba luminosidad. Como secretaria de la parroquia de la Transfiguración, tuve muchos ratos en los que compartir confidencias y dejarme sorprender por su mirada limpia y buena. Cuando tuve momentos de confusión, de crisis, de búsqueda, ella estuvo siempre allí para compartir esa luz que la habitaba.

Eligió ser la esposa de John y tuvo que cargar con la cruz de la incomprensión en aquellos años en los que era todavía muy nuevo que un sacerdote se casase, pero jamás recordó esos momentos con amargura. Más bien los miraba como el precio normal que cuesta tanta felicidad como ella y John compartieron. Su familia era todo para ella. Sus hijos era su gran tesoro, lo más maravilloso que le había pasado. Yo, a veces, la regañaba porque lo hacía todo en casa y no dejaba que los chicos trabajaran apenas… Pero su alegría era verlos felices, sanos, alegres, comprometidos con vivir vidas con sentido y con amor.

Varias veces me acogió en “Campo de Erín”, el terreno y la casita que John y Luz compraron en Obernburg para acoger amigos. Los últimos que estuvieron allí fueron mis hijos este pasado verano, pero antes estuve con mi madre, con mis hermanos, con amigos que necesitaban un poco de paz y belleza… Ella cocinaba y reía, quitaba importancia a los problemas y confiaba siempre en que todo iría bien… Allí quise llevar también a Susana. Y allí me dio Luz algo especial: el anillo que John le había regalado cuando se comprometieron. “Dáselo a Susana. Déjalo que corra y siga siendo símbolo de amor”. Ella era así, desprendida, sin apegos, dándole más importancia a la gente que a las cosas.

Hace años me escribió una carta en la que relataba algo que había pasado en el campo. Había caído una nevada temprana y varias hermosas mariposas se habían quedado muertas, ateridas, sobre la nieve. Las recogieron y las dejaron en una cesta en el salón. Y, cuando volvieron del paseo, ¡las encontraron todas revoloteando dentro de la casa! En los últimos años, conforme se iba desdibujando en la desmemoria del Alzheimer, se fue haciendo una persona frágil que necesitaba todo el cariño y el cuidado de John y luego de María y Eileen. Pero hoy, esa oruga que fue tejiendo un capullo de silencio, ha abierto las alas y ha volado hacia la verdadera LUZ que no se apaga, la que nos calienta el alma cuando todo parece haber terminado.

¡Vuela por fin, amiga mía, hermana mía, en libertad!

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Un comentario

  1. Joan Rebull,en tiempos colaborador en Transfiguration de Bryan y Lew, amigo catalan de John y Luz, muy amigo. Estoy apenado. Intentaré ponerme en contacto con John.

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