Heroína Ortega, la mujer tierna y fuerte.

2015-07-07-217Heroína es, desde que llegué a Brooklyn, una hermana y una amiga. Tuve la suerte de pasar con ella muchas noches en las que velábamos el sueño de los que acudían al refugio nocturno para personas sin casa de la parroquia de Holy Trinity, cercana a la Transfiguración. En aquellas largas horas hablábamos de la vida, de la familia, de la fe… y se fue forjando una amistad entre nosotros que perdura hasta el día de hoy.

Como tantas mujeres dominicanas e hispanas, llegó a Nueva York con su esposo y sacó adelante una familia muy numerosa. ¡Y no era tarea fácil! Vivir en NY fue un reto permanente en el que muchas mujeres hispanas se vieron casi solas pues sus esposos no evolucionaron cultural, social y espiritualmente como ellas. Ellos trabajaban duro, pero seguían comportándose como si aún estuvieran en la República Dominicana o Puerto Rico. Mientras, ellas se apuntaban a escuelas de la parroquia para poder leer y escribir en español si no habían ido a la escuela en su infancia, aprendían a desenvolverse en inglés, gestionaban la economía familiar, educaban a sus hijos e hijas con cariño y autoridad, encontraban trabajos que compaginaban con la tareas domésticas, eran catequistas…

Esa dedicación primordial a su familia y a su marido, Erasmo, hasta el día de hoy, no impidió a Heroína colaborar en la parroquia animando su pequeña fraternidad, cantando en el coro, yendo a atender a los sin techo, echando una mano cuando surgía cualquier necesidad… Cuando empecé con Javier Bosque los grupos juveniles de la Transfiguración, Heroína venía con Julia Vázquez y nos ayudaba en los retiros cocinando, pero también dando testimonio de alegría, de esperanza, de compromiso… Por aquellos años, muchos adolescentes hispanos morían en las calles de Brooklyn en las guerras entre bandas rivales y las madres sabían, mejor que nadie, como mantenerlos alejados de las calles. Cuando las hermanitas del Evangelio nos pidieron ayuda en los retiros para presos de la cárcel de Rickers Island, allí estaban también estas mujeres, siempre dispuestas a llevar una palabra de cariño y esperanza. Entre ellas estaba también Doña Rosa Hernández, buena gente donde la hubiera, que llegó a tener a sus tres hijos en tres cárceles diferentes y, sin embargo, venía también Rickers para animar a los muchachos hispanos encarcelados a que dejaran la vida de la droga y la violencia. Maestras de fe y confianza en el poder del Amor del Padre, bendecían y no maldecían, creían en sus hijos contra toda esperanza y sembraban unidad y amor entre ellos a pesar de las heridas y las discordias. Ellas fueron las mejores profesoras de mis años de Teología. Y, por ello, en mi ordenación sacerdotal, Heroína ahorró durante un año y vino a España para dar el testimonio de aprobación de la comunidad ante el obispo que me ordenó en Zaragoza, Javier Osés.

Heroína, hermana y amiga mía: gracias por tu amor, tu entrega y tu generosidad. Tú eres la mujer fuerte de la que habla la Biblia, que es orgullo de su esposo, bendición de sus hijos e hijas y alegría del pueblo.

Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *