Disciplinas espirituales

disciplinasespiritualesSuena un poco raro hablar de disciplinas en este siglo XXI, como si el tema fuera medieval. No falta quien se ríe de todo esto, incluso entre los creyentes. Pero lo cierto es que siguen siendo un camino necesario para el crecimiento integral de todo cristiano, de toda persona.

Al comenzar esta Cuaresma, Jesús nos invita a la oración, el ayuno y la limosna. En el evangelio (Mt 6) que abre este tiempo nos avisa de que no nos comportemos como los hipócritas y nos invita a practicar de corazón estas disciplinas espirituales.

La palabra “disciplina” viene de la misma raíz que “discípulo”. En su sentido etimológico podríamos definirla como una práctica sistemática propuesta por un maestro a un discípulo para alcanzar la perfección en algún aspecto de su vida. Hay disciplinas atléticas, filosóficas, científicas… Desde la óptica cristiana, ser discípulo de Cristo es amarle, seguirle, escucharle y seguir sus indicaciones.

El problema entre nosotros, actualmente, es que las disciplinas espirituales clásicas, que han sido practicadas en todas las religiones, están muy devaluadas debido a que fueron convertidas en la Edad Media por la Iglesia en leyes, en obligaciones, e impuestas a los fieles (¡y a los infieles!) a la fuerza. Disfrazadas como penitencias, se presentaban como necesarias para obtener el perdón de Dios. Pero podemos redescubrir las disciplinas espirituales desde la libertad y el amor. Si nos aproximamos a ellas así, veremos que son un regalo para nosotros pues para ello están concebidas: no para ganarnos el amor de Dios (que nos ama incondicionalmente), sino para celebrar el amor de Dios. Para agradecer su amor, quiero ser más libre, más justo, más amoroso… y por ello me aplico a practicar las disciplinas, que me ayudan a conseguirlo.

Desde este punto de vista, las tres disciplinas espirituales de la Cuaresma, la oración, el ayuno y la limosna, encuentran su relación con el amor o, mejor dicho, con las tres dimensiones del amor en el evangelio: amor a Dios, al prójimo y a uno mismo.

La oración nos ayuda a amar a Dios. La práctica de todas las disciplinas asociadas a la oración, como el silencio, la soledad, la reflexión, la escritura de un diario personal, la meditación bíblica,… o la tan de moda “conciencia plena”, me preparan y me ayudan a ponerme a tiro de la acción de Dios en lo profundo de mi ser. Cuando oro, conozco más a Dios y crezco en su amor. Cuando oro, alimento mi vida interior, mi capacidad de resistirme a vivir en la superficialidad de las cosas, a intuir el paso de la providencia en el día a día de mi existencia, a ser más consciente de aquello que se me regala, a dar gracias por estar rodeados de belleza aún en medio de la más terrible situación, a ser conscientes de nuestra debilidad y pequeñez a la vez que de nuestra maravillosa dignidad de seres humanos y de hijos e hijas de Dios.

La limosna nos ayuda a crecer en el amor al prójimo. La limosna no es simplemente rascarse el bolsillo para dar unas monedas al pobre que está a la puerta del supermercado, que también… La limosna es hacer todo aquello que me lleva a salir al encuentro del otro en sus necesidades. Incluiría, así, hacerme más consciente de la injusticia y la violencia, servir a otros, visitar al enfermo, encontrar y alabar la belleza que hay en los demás, dar mi tiempo a quienes necesitan ser escuchados, ser voluntario,… Es decir: no quedarme con dar, sino dar-me.

Y, finalmente, el ayuno nos lleva a amarnos más a nosotros mismos. Hay muchos tipos de ayuno, desde el que busca fines terapéuticos hasta políticos (Gandhi) o solidarios (Manos Unidas). La disciplina del ayuno o la abstinencia con fines espirituales ha sido practicada desde la más remota antigüedad y por todas la religiones. El reto del ayuno actual es que, para ser efectivo, cada uno debe encontrar de qué debe ayunar y abstenerse. Para muchos el ayuno clásico de la comida seguirá siendo un gran medio, pero para otros el ayuno difícil y necesario para su crecimiento personal será, por ejemplo, dejar de ver tanto la televisión, apagar algunos días el móvil, dejar de depender tanto de una persona, librarse de una adicción, controlar la lengua y no hablar mal de otros, recuperar tiempos de silencio… En definitiva, el ayuno y la abstinencia nos lleva al autocontrol y la autoestima y son sinónimos de desengancharse, desintoxicarse, desconectar, desapegarse, desprenderse… Es decir, hacer todo lo que me lleve a ser una persona más equilibrada, autónoma, libre y amorosa.

¿Quién dice que todo esto está trasnochado? Justo al contrario: donde desaparecen la fe y la espiritualidad, brotan miles de escuelas de autoayuda que siguen ofreciendo las mismas soluciones antiguas disfrazadas o maquilladas como nuevas. Véase en cualquier librería cuánto ocupa hoy la sección de Religión y cuánto la de Autoayuda o “Nueva Era”…

No se trata de estar mirándonos al ombligo. Justo lo contrario: si queremos cambiar el mundo y sus estructuras injustas, si queremos enfrentarnos al mal sistémico, tenemos que cambiar  nosotros mismos. Ayunar, dar limosna y orar…, tres sencillas propuestas para ser mejores. Si, además, se practican sin darnos importancia, mejor. No es preciso ir publicando en Facebook o el WhatsApp cada pequeño paso adelante. De hecho, nos dice Jesús: “Vuestro padre, que ve en lo secreto, os recompensará…”

Publicado en Eclesalia el 20 de marzo de 2015

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Un comentario

  1. Que bonito!!! Y que cierto a la vez.En la actualidad hemos sustituido la oración por el yoga o la meditación, es más moderno, y hemos cambiado la palabra Amor por otras mas progresistas a los ojos de los demás, sin darnos cuenta que nos hemos ido alejando de Dios y el verdadero sentido de ser amados por él. Cristo muere y morirá por Amor, no lo olvidemos nunca. Gracias Juan

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