Silencio

 SILENCIO en la Plaza del Pilar con los niños saharauis que acogíamos, que acallaron aquella mañana sus gritos por un Sáhara libre para unirse al dolor de las víctimas de los atentados yihadistas de las Ramblas y de Cambrils.

SILENCIO porque solo así descubrimos en nuestro interior que somos una sola familia humana, a pesar de todas las fronteras, creencias, culturas y lenguas que nos dividen si nos dejamos envenenar el alma.

SILENCIO para acallar las voces de quienes siempre intentan sacar tajada del dolor, aún del dolor incomprensible del terrorismo.

SILENCIO para no oír el aullido de la xenofobia y la islamofobia, cuyo ruido ha llenado las redes estas semanas.

SILENCIO para desenmascarar el origen del mal, que no es tan simple como algunos nos cuentan, intentando que veamos el mundo monocromáticamente.

SILENCIO para reconectar con toda la sangre inocente que cada uno hemos tenido en nuestras manos a lo largo de la vida atendiendo a otras víctimas del terrorismo y la tortura, y para invocar con respeto sus nombres: Silvia, Esther, Cyprian…

SILENCIO para inventar salidas, para abrir puertas, para soñar futuros, para seguir plantando nuestro manzano y regarlo con nuestra esperanza.

SILENCIO para orar, para pedir al Padre que venga su Reino de Paz y Justicia a nuestro mundo, a los corazones de cada hombre y mujer de buena voluntad.

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