Victor Ngangmi, maestro, sabio y amigo

Víctor Ngangmi (1934-2022)

El pasado 6 de enero falleció en Camerún mi amigo Víctor Ngangmi. He aquí la pequeña eulogía que he mandado a su familia.

Llegué a Camerún el 26 de diciembre de 1987 junto con los padres Ángel Valenzuela y Fernando Negro para crear la primera comunidad escolapia en la Archidiócesis de Bamenda. Apenas dos días después llegábamos a Futrú-Nkwen de la mano del párroco de Bayelle, Fr. Joseph Boekema, donde fuimos recibidos por algunos cristianos de la misión entre los que estaba Mr. Víctor Ngangmi. Un año después, tras servir en Bambui, fui nombrado primer párroco de St. Michael’s Parish en Futru-Nkwen y Mr. Víctor fue elegido presidente del Consejo parroquial, cargo que desempeñó durante años.

Cuando llegamos, éramos tres españoles perdidos en un mundo nuevo y desconocido. No llegábamos ni como salvadores ni como colonizadores, sino como hermanos que, ante todo, querían ser evangelizados por los africanos pues estábamos convencidos de la presencia del Espíritu Santo en aquella cultura.

Con Víctor, plantando un “alung”, árbol simbólico entre los Nkwen de resistencia al fuego, como los mártires, en el centenario de la Iglesia Católica en Camerún.

Víctor fue para mí un verdadero hermano, un cristiano auténtico que nos ayudó a introducirnos en nuestra nueva iglesia local y a comprender la espiritualidad y costumbres de la comunidad católica de Nkwen y a apreciar la historia y el compromiso de unos cristianos que habían llegado a Nkwen por primera vez en 1919 tras haber sido bautizados en Fernando Poo durante la I Guerra Mundial. Una iglesia joven, con líderes laicos y con ganas de crecer en la fe.

Bendiciendo la primera fuente pública del Proyecto de Agua de Nkwen

Víctor también nos  introdujo en la vida y la cultura de los Nkwen pues, además de ser un fiel cristiano, era un hombre de confianza del Fon Ngufor III y pertenecía a diversos grupos y colectivos de la tribu. Nosotros, españoles recién aterrizados en África, encontramos en él una segura luz con la que comprender los entresijos de la nueva cultura que nos acogía para, por un lado, dejarnos evangelizar por todos los valores que descubríamos en ella y, por otro, descubrir y denunciar algunas prácticas que no eran acordes con el Evangelio de Jesús, como ocurre en todas las culturas humanas. La prudencia, la paciencia y la sabiduría ancestral vivían en el corazón de Víctor, que se debatía a veces entre la tradición y la fidelidad a la fe cristiana para ser testigo en medio de los suyos.

Martina and Victor Ngangmi

Como escolapios, enseguida descubrimos en él a todo un Calasanz. Fue un gran maestro de los niños más pequeños en su clase de primero de primaria, una clase de adobe sin enfoscar con poca luz en la que llegué a contar 92 niños en un curso.  Y fue un gran padre de familia que supo educar a sus hijos con rectitud, cariño y comprensión. No usaba con sus hijos e hijas la violencia que otros padres utilizaban con demasiada frecuencia, sino que los educaba con el mismo ejemplo de su propia vida.

Víctor tenía la misma edad que mi padre, y me trataba como si fuera yo un hermano mayor al que había que escuchar, lo que siempre me hacía pensar que mis palabras debían dignas, dado que había gente más sabia que yo que las escuchaba con el corazón abierto. Guardo con cariño una anécdota en mi corazón. Cuando nos visitó el P. Javier Negro, entonces asistente provincial, allá por 1992, le preguntó: “Víctor, como representante de la comunidad cristiana, ¿qué ves en estos padres escolapios?” Y él le respondió: “Con ellos vemos mejor qué es el Misterio de la Trinidad, porque, no importa a quién de los cuatro preguntes sobre un tema (estaba también Domingo Sáez), los otros tres te responderán aisladamente como si hubieran escuchado al otro. A pesar de que los cuatro son muy diferentes entre sí, tienen un solo corazón y una sola alma”. Fue el piropo más maravilloso que he escuchado de la vida religiosa que quiere tomarse en serio la fraternidad.

Entre las cualidades que adornaron su personalidad quiero destacar, ante todo, su fe, su capacidad de trabajo, su sabiduría, su generosidad y su humildad. No era un hombre que buscara estar en el medio de todo creyéndose importante; más bien ocupaba el puesto que le correspondía para hacer un servicio, sin buscar los honores por sí mismos.

Víctor fue lo que la Biblia llama “un hombre justo”. Y, en este día en que recordamos toda una trayectoria de amor y fidelidad, damos gracias al Señor por tantos frutos de vida como Víctor sembró y dio al mundo.

Descansa en paz, hermano mío, maestro mío, amigo mío.

Con mi familia en casa de Víctor y Martina, Nkwen, 2013
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