Como ovejas sin pastor

Este verano se ha hecho viral esta foto de Joâo Paulo Ruivo, un joven que salvó varias ovejas de morir calcinadas por los incendios en el centro de Portugal. Es la imagen viva del “buen pastor”, tan querida entre los cristianos, la primera imagen reconocida en la iconografía de Jesús.

Las metáforas nos ayudan a entendernos y a avanzar en la comunicación de muchas realidades que son difíciles de explicar en pocas palabras. Solo podemos comprender lo nuevo mediante la asociación con lo conocido. Son indispensables para hablar de la vida, de la muerte, del amor, del tiempo y de muchas ideas abstractas: el río es la gran metáfora de la vida, igual que la muerte la simbolizamos con la guadaña con la que siega la Parca.

Jesús, un gran maestro de la palabra, utilizó muchas metáforas en sus discursos y parábolas, muchos de ellas sacadas de la tradición del pueblo judío, y otras de su propia cosecha. Entre las más importantes destaca la figura del pastor como líder, ejemplo a seguir y cuidador de la comunidad.

Cuando hablo con los chavales de mis clases y les pregunto si conocen a algún pastor, normalmente me dicen que no. A lo sumo han hablado con alguno en excursiones por el Pirineo o los han visto desde las ventanillas del coche cuando pasaban con sus padres por algún pueblo –siempre que no estuvieran jugando con la tableta o el móvil en aquel momento.

Los pastores no están de moda. En un mundo que tiende al teletrabajo, es difícil imaginar una profesión más expuesta a las inclemencias del tiempo. Pero hacen falta pastores: en San Juan de Plan, en mi tierra aragonesa, se acaba de estrenar un centro de formación en consonancia con los que se abrieron por toda España desde finales de los 90 para recuperar esta vocación, profesión y cultura ancestrales. Los expertos, por otro lado, reclaman una vuelta a la ganadería extensiva para evitar el terrible azote de los incendios forestales. ¿Volveremos a ver pastores como antaño?

En tiempos de Jesús los pastores tenían una importancia vital para la economía y la vida de sus pueblos. La tradición bíblica es eminentemente pastoril. Abrahán era un pastor nómada. Pastores fueron Moisés y David, así como varios profetas. No es de extrañar que, en el relato mítico de Caín y Abel, el bueno fuera el segundo, pastor, que representaba a este grupo humano enfrentado tradicionalmente en Mesopotamia a los agricultores, asentados en sus tierras y enemigos de los pastores errantes que metían a veces el rebaño en sus sembrados.

El término pastor en la Biblia

En toda la Biblia, la palabra “pastor” aparece unas 112 veces aproximadamente, dependiendo de las versiones: 89 veces en el Antiguo Testamento y 23 veces en el nuevo testamento. Es el núcleo del poema más querido y memorizado por judíos y cristianos, el salmo 23: “El Señor es mi Pastor, nada me falta…”

Comparativamente, las palabras “labrador”, “sembrador”, “viñador” y “trabajador” o “bracero”, todas juntas, no llegan ni a 40 menciones en toda la Biblia. La palabra “semilla”, por otro lado, aparece  33 veces. En contraposición, la palabra “oveja” aparece 226 veces en el AT y 40 en el NT, mientras que “cordero” se menciona 131 veces en el AT y 35 en el NT, que junto con “carnero” (158 veces en el AT) superan al género femenino de la raza ovina dada su importancia en los sacrificios rituales, donde no se podían ofrecer hembras a Dios. Mientras, la “cabra” (47 veces en el AT y solo 1 en el NT) y el macho cabrío (62 en todo el AT) aparece con menos frecuencia y, este último, asociado sobre todo a los sacrificios de expiación por los pecados, de donde viene la famosa figura del “chivo expiatorio”.

Con todo ello podemos pintar un escenario donde predominaba la importancia económica y cultural de los pastores frente a los que trabajaban la tierra, y entre ellos, la mayoría eran pastores de ovejas y corderos, animales más dóciles y vulnerables que las cabras. Para más inri respecto a la especie caprina, Jesús no habla de las cabras excepto en la Parábola del Juicio Final para asociarlas a quienes han vivido sin misericordia:

“Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber…”  (Mt 25, 31-35)

Pastorear el rebaño del Señor

En todos estos relatos bíblicos, quitados los que explican las acciones concretas de algunos pastores, nos encontramos con pasajes muy hermosos donde se habla del “pastor” como quien cuida del Pueblo de Israel. El gran Pastor es el mismo Dios, que designa otros “pastores” de su Pueblo, muchos de los cuales son pastores en la vida real: Abrahán, Isaac, Jacob, Moisés, David… Por ello aparece varias veces la idea de “pastorear” el rebaño del Señor” y ser fieles a la misión de cuidar de él.

El profeta Jeremías usa esta metáfora y habla de los malos pastores:

“¡Ay de los pastores que dispersan y dejan perecer las ovejas de mi rebaño! –oráculo del Señor. Por eso, así dice el Señor, Dios de Israel: “A los pastores que pastorean mi pueblo: Vosotros dispersasteis mis ovejas, las expulsasteis, no las guardasteis; pues yo os tomaré cuentas, por la maldad de vuestras acciones –oráculo del Señor–. Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen; ya no temerán ni se espantarán, y ninguna se perderá –oráculo del Señor–. Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que suscitaré a David un vástago legítimo: reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra. En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro. Y lo llamarán con este nombre: El-Señor-nuestra-justicia”.  (Jr 23,1-6)

En línea con esta tradición y desde esta perspectiva mesiánica, Jesús se identifica plenamente con la figura del “buen pastor”. Volveremos sobre este texto más tarde. Quedémonos ahora con el lamento de Jesús ante el pueblo que anda como “ovejas sin pastor”:

“En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.»
Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”
(Mc 6,30-34).

Para Jesús, estas ovejas sin pastor son las abandonadas por los pastores de Israel, como denunciará el profeta Ezequiel, aquellas ovejas enfermas, maltratadas, cansadas, lastimadas que no encuentran sitio entre los que se consideran “puros”, de los que no soportan a la gente con manchas: los leprosos, las prostitutas, los tullidos, los pecadores, los considerados por ellos “malditos” de Dios… Pero las palabras de Jesús se pueden extrapolar más allá del ámbito religioso, y así lo vamos a hacer con el siguiente análisis multidimensional.

La crisis global de los pastores y pastoras

No sé muy bien qué tiempo nos ha tocado vivir. Cuando, en el futuro, hablen de las “edades” de la Historia, es posible que nosotros ya no seamos incluidos en la “Edad Contemporánea”, sino en otra: la Atómica, la Genética, la de la Información… o algo peor. ¡Qué diferente es hoy el mundo de aquel que existía antes de la caída del Muro de Berlín, que algunos consideraron “el fin de la Historia”!

En este mundo secularizado, líquido y globalizado de hoy muchísima gente camina como ovejas sin pastor. Hay muchas razones para ello. Vamos a analizarlas brevemente para poder hacernos más conscientes de este fenómeno sociológico, teológico y eclesial. Nos centraremos sobre todo en España e Iberoamérica, aunque este somero análisis sería aplicable al menos en parte a otras zonas de Europa y del mundo interconectado en el que habitamos.

Por un lado, el símil del pastor y las ovejas no está hoy de moda en una sociedad con un gran individualismo, exacerbado en las últimas décadas por la atomización de las experiencias personales, la globalización, el relativismo moral y la falta de paradigmas éticos compartidos ante la ingente oferta audiovisual y de las redes sociales, verdadera “escuela” de pensamiento para muchos. La misma palabra “pastoral”, que tanto se utiliza en la Iglesia, suena a viejuno, a obediencia ciega, a seguir como borregos al pastor sin preguntar, a aceptar dogmas, ritos y leyes sin rechistar. De allí la aversión a “ser pastoreados”, a ser considerados un rebaño anónimo, uniforme, homogéneo, obediente y acrítico. Válgame añadir que, frente a esta imagen crecientemente rechazada, no ha prosperado el concepto de “ministerio”, servicio, que ha quedado relegado a los ministerios ordenados o aquellos que tienen algún tipo de “envío”, como los ministros extraordinarios de la Eucaristía. Seguimos hablando de pastoral juvenil, por ejemplo, en vez de “ministerio juvenil”, el servicio a los jóvenes, más usado por la tradición protestante.

Pero si hay aversión hoy entre las ovejas a ser pastoreadas, también huyen del trabajo los propios pastores. En un mundo donde todo es fluido, temporal, cambiante, caduco y mejorable, como las sempiternas versiones y actualizaciones de los programas informáticos, muy poca gente quiere asumir el papel de representar lo permanente, eterno, duradero y dogmático. Es difícil conducir un rebaño cuando uno mismo no tiene claro hacia dónde va. En la era de la posverdad, en un mundo de noticias falsas y engañosos memes, ¿cómo ser testigos de la “Verdad” con mayúsculas?

Estamos ante una crisis social que comienza con los padres y madres actuales. Desde el mismo instante del nacimiento se encuentran con decenas de teorías sobre cómo cuidar al niño pediátricamente, cómo educarlo, cómo alimentarlo, qué límites ponerle, si darle o no pantallas en su tierna edad… No hay claridad sobre el espinoso tema de cómo educar. Hay ya familias que ni siquiera dan a sus bebés una clara identidad sexual, esperando que el mismo niño o niña la defina por sí mismo cuando sea un adolescente. Muchos padres no tienen muy claro ni quiénes son ellos, ¡como para imponer sus ideas a sus retoños!

Sin embargo, los niños y jóvenes necesitan límites y referencias. En muchísimos aprendizajes hay que indicarles bien el camino y acompañarlos en el proceso. Aprenden imitando más que con palabras. De allí la importancia radical de tener en su vida “pastores” que les digan hasta dónde pueden ir, qué pueden y qué no pueden hacer, cómo deben comportarse, cuáles son los valores más importantes que deben guiar sus vidas, dónde están los “lobos” que los pondrán en peligro… Sin embargo, no hay maestra o maestro que no diga que unas cuantas familias en su clase evitan poner límites claros a sus hijos, dejándoles hacer a su antojo en muchas decisiones o abandonándolos al cuidado de una suerte de niñera electrónica o a las corrientes del proceloso mar de las redes sociales, los videojuegos e internet.

¡Y no digamos en el tema de la fe! ¿Cómo acompañar a los hijos, hablarles de Dios o rezar con ellos, aún si se trata de familias “cristianas”, si los mismo padres y madres no tienen claro en qué o en quién creen? Esta ausencia de claridad no les lleva, desgraciadamente, a grupos de profundización en la fe; son contadísimos los padres y madres que, cuando tienen que elegir un modo de catequesis de primera comunión, escogen el de la catequesis familiar, que les obliga también a ellos a participar de este proceso de crecimiento y preparación. La mayoría traen a sus hijos e hijas a la Iglesia por costumbre y tradición, no por la fe. Muchas parroquias tienen graves dificultades para conseguir que algunos de estos padres y madres sean, a su vez, catequistas de otros niños y niñas. Quizá por coherencia, pero también por comodidad, no se quiere asumir esa gran responsabilidad.

Sabemos que, además de los padres, los niños reciben en su bautismo el auxilio de los padrinos, cuya función es ayudar a los padres a “educarlos en la fe, para que estos niños, guardando los mandamientos de Dios, amen al Señor y al prójimo, como Cristo nos enseña en el Evangelio” (rito del Bautismo). Papel mojado cuando la inmensa mayoría de ellos solo hacen este servicio para estar en la foto y la inmensa mayoría de ellos y ellas ni siquiera saben hoy en qué o en quién creen. La Iglesia, por su parte, no les pide que, para este ministerio “pastoral”, pasen como los padres por una escasa e insuficiente catequesis prebautismal.

Los colegios religiosos dan a los tutores de cada clase una función “pastoral” y confían en que estos maestros y maestras –lo de los profesores de la ESO es ya para nota—sabrán transmitir los valores cristianos del proyecto educativo del centro e, incluso, dirigir la oración o las celebraciones de su clase. De allí el unánime eslogan de todo centro de que “el departamento de pastoral somos todos”. Buen intento.

Sin pastores universales

Gracias a Dios, sigue habiendo personas maravillosas que son ejemplo de generosidad, amor y sabiduría, pero nadie ostenta hoy el rango de ser un “pastor” universal, con autoridad ética y personal suficiente para ser un referente y una figura de autoridad moral de reconocido prestigio planetario. Ni siquiera a nivel científico. Los desastres del creciente cambio climático y la pandemia del covid-19 han llevado a muchos a poner en solfa anteriores asunciones sobre el mundo empírico, al que una gran parte de la población ha llegado a mirar con sospecha y decepción de igual forma que nos desencantamos con el mundo económico que no previó la gran crisis del 2008.

Los políticos, que son figuras “pastoriles” por antonomasia, líderes de sus pueblos cuya misión es conducir a la sociedad a la que sirven por el sendero de la paz, la justicia y el progreso integral, cotizan a la baja en todos los sondeos, situándose en España entre las instituciones menos valoradas en las últimas décadas. En vez de ser ejemplos de honestidad y servicio, muchos envenenan los telediarios con escándalos, corrupción, partidismo, mediocridad y mala educación. Pocos dan la talla, aunque, “haberlos, haylos”.

Obama fue la gran esperanza de muchos a nivel mundial hace unos años y desencantó a propios y extraños por su inacción ante casos flagrantes en los que podía haber intervenido (Guantánamo, Crimea, Cumbre del Clima…) para dejar paso a Trump, un “pastor” mercenario que solo se servía a sí mismo, y todo el corifeo de líderes populistas que le han ido imitando. Decepcionantes líderes de la “izquierda” latinoamericana como Maduro u Ortega han hundido en la miseria a sus países y han tirado por el suelo la esperanza de alternativa de los más pobres. En Europa hemos visto recientemente el desastre absoluto de los políticos del Reino Unido, otrora buque insignia de la democracia.

Casos como los de Merkel, Mandela o José Mujica, como lo fueron en su tiempo Martin Luther King o Gandhi, verdaderos ejemplos de integridad política y personal, siguen inspirando la esperanza en que algo nuevo es posible. El reciente caso de Zelenski, levantando al pueblo ucraniano frente al supervillano Putin, nos ha dejado a todos sorprendidos. ¡Oremos para que no nos salga rana y para que su apuesta culmine en una paz con justicia! Pero ¿cuándo llegará, por ejemplo, el o la que nos ponga a todos de pie frente al cambio climático, la más devastadora amenaza que ha enfrentado la humanidad en los últimos milenios y ante la que solo estamos poniendo paños calientes (o fríos, en este caso)?

En España, ¿qué decir? Se pueden contar con los dedos de una mano los políticos que reciben a nivel nacional o en sus comunidades autónomas más de un cinco sobre diez de aprobación general. No hay “pastores” convincentes para este levantisco rebaño fuera de algunos ayuntamientos y contadas comunidades donde la cercanía nos permite ver si alguien es, de veras, una persona íntegra y cabal, alguien a quien seguirías hasta el fin del mundo.

¿Quiénes pastorean a los jóvenes?

En el informe Jóvenes en Iberoamérica 2021 que presentó en julio de 2022 el Observatorio de la Juventud en Iberoamérica, creado en 2017 por la Fundación SM tras una larga tradición de respetados estudios de la juventud en España, se pueden estudiar con una amplísima base sociológica lo que opinan y creen los jóvenes de nueve países, incluido el nuestro.

Tabla 1 – Rasgos con los que se identifican los jóvenes – Promedio 9 países

Las cinco características más importantes que las y los jóvenes estudiados consideran que los definen son: la rebeldía (especialmente en Chile, México, Ecuador, Colombia y Perú, donde en los últimos años ha habido importantes movimientos sociales en los que la rebeldía es una actitud convertida en acción cargada de contenido social, político y ético); la excesiva preocupación por la imagen (fruto de las redes sociales); el consumismo; la preocupación exclusiva por el presente; y el egoísmo.

En contraste, los rasgos con los cuales se sienten menos identificados resultan ser los más evangélicos: el compromiso con la justicia y la igualdad (el menor, con apenas un 9%), la responsabilidad, la tolerancia, la generosidad, y la alegría, la lealtad y la solidaridad.

¿Dónde se dicen las cosas más importantes sobre ideas e interpretaciones del mundo? Diríamos nosotros: ¿en qué lugar se escuchan las narrativas que explican la realidad? O bien, ¿en qué lugares encuentran los pastores a seguir? Los más relevantes son la familia (aunque con grandes diferencias entre países), la escuela (aunque muchos piensan que no funciona y no siempre enseña lo que se necesita para vivir) y los amigos. Con mayores variaciones entre países vendrían inmediatamente después los libros, los sitios de internet, los medios de comunicación (que ven, por otro lado, muy manipulados por los poderes económicos) y las redes sociales, quedando a la cola la calle, las iglesias y, por último, la política.

Las iglesias se sitúan paradójicamente, para casi todos los países analizados (excepto para España y Chile), en los primeros puestos de confianza institucional, quedando sin embargo relegadas a los últimos en la confianza como fuentes de las que beber interpretaciones y visiones del mundo. Solo queda por detrás la política. Sin duda alguna, pueden ofrecerse diferentes hipótesis que expliquen este fenómeno, pero la explicación más plausible es, probablemente, el alto prestigio de estas instituciones y su labor social, en fuerte contraste con la importancia otorgada al mensaje que ofrecen, el núcleo duro de visiones e interpretaciones del mundo desde el ámbito religioso. España se desvincula de muchos de estos datos: la bajísima confianza en la Iglesia como institución viene pareja a la opacidad de su mensaje.

¿Quiénes son hoy los modelos para nuestros jóvenes? Según el estudio, siguen siendo los padres y madres y luego la educación formal. Pero, herederos de su generación, esas personas de referencia que les enseñan a vivir y les dan valores incluyen ya, a través de los medios de comunicación, a fenómenos tan singulares como los youtubers

Los nuevos pastores digitales

Centenares de millones de personas, sobre todo jóvenes, siguen los perfiles sociales de youtubers e influencers cuya principal virtud es comentar las jugadas de un videojuego, hacer valoraciones personales de ropa o de comida, analizar jocosamente lo que otros dicen o lanzar retos a sus subscriptores. Todo esto salpicado con frecuencia de chistes y comentarios sociales, visiones del mundo, estereotipos y prejuicios. Algunos son auténticos telepredicadores, pastores digitales que tienen una gran influencia en su audiencia; otros no desentonarían en el Club de la Comedia.

Un ejemplo: Felix Arvid Ulf Kjellberg, o PewDiePie, como se le conoce mundialmente, es uno de los youtubers con más seguidores del mundo. Sueco de 30 años, le siguen 111 millones de suscriptores (2022) que visualizan su contenido diario centrado en juegos y humor. Uno de esos vídeos ha alcanzado el récord de 161 millones de visualizaciones en una semana. Gana más de 5 millones de euros al año.

En lengua española, Germán Garmendia, chileno aún más joven, tiene casi 50 millones de seguidores y no le va a la zaga en ganancias que consigue comentando juegos. En España contamos con fenómenos como El Rubius (40 millones), Vegetta o AuronPlay. Ibai Llanos (más de 10 millones como streamer -comentarios en directo de juegos online), se ha convertido a sus 28 años en un fenómeno mediático enfrentándose al establishment audiovisual y consiguiendo que medió millón de españoles decidieran tomarse las uvas de la última nochevieja viendo su canal de Youtube en vez de sintonizar las televisiones generalistas. Y si se quiere ver a un verdadero telepredicador, buscad “El tren de la Felicidad”, del youtuber español Lytos.

Otro gran fenómeno, más serio, son las charlas TED que se vienen organizando en todos los países con personas que tienen algo que decir, un testimonio que dar, un mensaje que comunicar desde su experiencia. Son la verdadera ágora del momento, el lugar al que acudir para compartir ideas en un espacio laico, científico o filosófico… y encontrar pastores inspiradores. No crean tanta escuela como los youtubers “profesionales”, pero es llamativo que algunas charlas lleguen a superar más de 50 millones de visualizaciones y muchas personas comenten que un vídeo les cambió la vida.

La Ciberiglesia

No faltan testimonios cristianos que nos emocionan y cambian vidas, pero nos falta mucho para aprender a llegar a la audiencia con un mensaje realmente transformador en un mundo tan saturado. Veamos cómo anda el patio…

El Papa Francisco lanzó su “Vídeo del Papa”, un canal de Youtube con una reflexión y oración mensual. Tras seis años ha conseguido… 40.000 seguidores globales en español (¡solo en España hay 17.000 curas (2020), por lo que podemos inferir que muchos ni han oído hablar de este canal!). Otros católicos han tenido más acierto en su plan “pastoral”, con contenidos que van desde reflexiones evangélicas o testimonios de vida hasta la más rancia apologética católica, pasando por homilías y encendidas arengas: el sacerdote brasileño Reginaldo Manzotti ocupa el primer lugar del ranking mundial católico con 3,5 millones de seguidores; la Hermana Glenda, con 1,3 millones (con sus canciones y reflexiones), encabeza la lista en español; Smdani (Daniel Pajuelo, sacerdote marianista español e ingeniero informático) le sigue con 1,2 millones; . Un currado éxito en España es el del canal de televisión por youtubeInfinito más uno”, del cineasta español Juan Manuel Cotelo, con 130.000 seguidores de temas testimoniales y catequéticos o el canal HMTelevisión (Hogar de la Madre) de Cantabria, con similares números, donde se promociona la espiritualidad y moral católica tradicional, con una versión ultracatólica más juvenil en Catholic Stuff (60.000). Los primeros cantantes católicos en esta categoría son, tras la Hermana Glenda, Athenas (650.000), Jon Carlo (230.000), y Martín Valverde (190.000). Entre los jóvenes españoles, solo el grupo juvenil Hakuna se acerca a los 70.000, seguido del rapero Grilex (20.000). Como ejemplo global exitoso en esta categoría se alza el cantante evangélico mexicano Jesús Adrián Romero, con 6 millones, que tiene el canal más importante de música cristiana en español.

En la Iglesia de base de España, Eclesalia cuenta con 8000 suscriptores a sus correos y Fe Adulta, que aspira a ser una ayuda global para el cristiano que quiere poner al día su fe y compartir reflexiones de reconocidos teólogos y pastoralistas, cuenta con 4000 visitas diarias. El gigante de estos servicios de noticias y artículos de reflexión es, sin duda, Religión Digital, que atiende a 2 millones de usuarios a nivel mundial.

Otra forma de pastorear al rebaño digital es Facebook o Instagram. En WhatsApp, la aplicación número uno del mundo de los teléfonos inteligentes, resaltan los comentarios diarios de las Dominicas de Lerma (25.000 seguidores) o, más aún, los del jesuita José María Rodríguez Olaizola, que podría haber llenado el Wanda Metropolitano con los más de 65.000 fieles que siguieron su retiro online de adviento en 2020. La aplicación “Rezando Voy”, inspirada también por este jesuita, ha conseguido 100.000 descargas en Google Play. Son números que animan pero estamos muy lejos de alcanzar los niveles de otros “pastores” digitales. Para muestra, un botón: el “cristiano” más seguido en Facebook (152 millones) es… ¡Cristiano Ronaldo! Levadura en la masa: es lo que nos pidió Jesús que fuéramos… y es lo que somos. El pan va creciendo lentamente.

Los pastores de la Iglesia española

En la Iglesia Católica española, cuyo prestigio se ha desplomado en los últimos años hasta colocarse en los sondeos solo un poquito por encima de los políticos y muy por debajo de instituciones como las oenegés, los jueces o la policía, no hay hoy obispos de reconocido prestigio social.

Tengo la impresión de que, hace dos décadas, cuando el 90% de la población española clamaba contra la guerra de Irak, la Iglesia oficial perdió la oportunidad de colocarse tras aquellas pancartas dando la cara y optando claramente por la paz y contra un gobierno que se subía al carro de una guerra injusta. Se asentó la idea de que los obispos solo apoyaban públicamente las manifestaciones contra el aborto y por la familia tradicional, pero muy poco otras causas pro-vida: los muertos en las pateras y la valla de Melilla, la emergencia climática, la situación de palestinos y saharauis, las guerras… En muchos casos es una idea falsa, pero ante el silencio no se sabe en qué piensan los obispos ni son ejemplo de liderazgo. El gran problema: no se puede morder la mano de quien te da de comer. Y la Iglesia española depende demasiado del Gobierno de la nación, sea del color que sea: sueldo de los sacerdotes, asignatura de Religión, mantenimiento del patrimonio…

No falta luz en muchas de sus cartas y homilías, sin duda, pero solo llegan a la “parroquia”. Fenómenos como Agrelo, auténtico paladín de los desheredados de África, es casi desconocido para el gran público. En mi entorno aragonés no faltan buenos pastores: Juan José Omella, en su dificilísima tarea de ser arzobispo de Barcelona en plena ola independentista; Ángel Pérez Pueyo (Barbastro-Monzón), que ha terminado con la insidiosa causa de los bienes diocesanos que Lérida pretendió quedarse; Carlos Escribano (Zaragoza), que no ha ocultado ningún tema espinoso en su informe sinodal; José Antonio Satué (Teruel), que se ha reunido dos veces con los curas casados de su diócesis en este último año… Hay muchos más obispos que dan la talla, pero mientras estos permanecen fuera del radar de la prensa, otros meten la pata con harta frecuencia y sus ocurrencias o disparates son pregonados a los cuatro vientos, salpicando a todos. Solo nos faltaba ya el tema de las inmatriculaciones erróneas… Nada de esto ayuda a mejorar el prestigio del colegio episcopal español.

Los religiosos y los curas de las parroquias, fuera del cada vez más reducido círculo de creyentes al que sirven, también han visto desvanecerse su credibilidad social y ética en las últimas décadas, siendo los escándalos sexuales el principal el martillo de esta demoledora tendencia. Estos han sido cometidos por una pequeña minoría, pero, en recientes palabras de Ángel Gabilondo, Defensor del Pueblo que lidera la investigación sobre la pederastia, “la conmoción social que se produce con los abusos cuando se trata de la Iglesia es muy distinta, porque de ella se espera ejemplaridad y referencia moral”.

La falta de vocaciones y el envejecimiento han llevado a grandes zonas de España, sobre todo rurales, a aglutinar muchas parroquias bajo el cuidado de un solo sacerdote que, en muchos casos, apenas llega a satisfacer las necesidades de celebraciones y funerales, dedicando muy poco tiempo a la “pastoral”: visitar a los enfermos, acompañar a los adolescentes, hablar con las parejas jóvenes, tener reuniones de crecimiento en la fe con adultos, hacerse presente en la vida de los vecinos más pobres, orientar espiritualmente a quien busca la luz… Hay liturgia y sacramentalización, pero no evangelización. Y no vale seguir poniendo parches eternamente, como importar sacerdotes del Sur (Colombia, Nigeria, Camerún…) que, aunque puedan ser personas estupendas y generosas, no vienen a quedarse ni suelen estar inculturados, por lo que su impacto pastoral es escaso.

Es llamativa también la figura de los y las provinciales y superiores mayores, abades, prioras… Agobiados por la disminución y envejecimiento de los religiosos y las necesidades de las obras y el patrimonio, algunos han olvidado que su función, más que gerentes de una multinacional, es la de ser pastores de sus hermanos y hermanas, a quien Dios les ha confiado. Muchos, también entre los frailes y las monjas, caminan como ovejas sin pastor. Como en el poema de León Felipe, el templo, a veces, se come a las personas.

El Papa: un pastor con olor a oveja

A nivel mundial, el Papa sigue siendo una figura pastoral reconocida en el mundo. Fue Juan Pablo II quien elevó la figura del papado dentro de la Iglesia a nivel internacional con su ubicua presencia y su talla personal. El Papa Francisco es hoy reconocido mundialmente por muchos, creyentes y no creyentes, por su talante y su autenticidad, demostrados en mil gestos de sencillez y cercanía a los más pobres, por su valentía para desenmascarar vicios y estructuras anquilosadas, por su capacidad para no seguir “la moda”. Esto no quita que se haya encontrado una fuerte contestación dentro del ala más conservadora y reaccionaria de la Iglesia, que se alza no pocas maneras contra las enseñanzas del Papa, entre las que está también el modelo de pastor.

De Francisco nos ha llegado una afirmación clave para esta reflexión: el pastor debe oler a oveja:

“El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco –no digo «nada» porque, gracias a Dios, la gente nos roba la unción– se pierde lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. 

Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor «ya tienen su paga», y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes, sacerdotes tristes, y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con «olor a oveja» –esto os pido: sed pastores con «olor a oveja», que eso se note–; en vez de ser pastores en medio al propio rebaño, y pescadores de hombres”. (28 de marzo de 2013, primera misa crismal como Papa)

El buen pastor

Como hemos dicho antes, Jesús se identifica como “buen pastor”. Y, en este texto del evangelio de Juan, nos explica la diferencia entre el pastor “mercenario” y el que es “dueño de las ovejas”, el que las tiene como suyas:

Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el que es un asalariado y no un pastor, que no es el dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, entonces el lobo las arrebata y las dispersa. El asalariado huye porque solo trabaja por la paga y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, y conozco a mis ovejas y ellas me conocen, al igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este redil; a esas también yo debo traerlas, y oirán mi voz, y serán un rebaño con un solo pastor”.  (Jn 10,11-16)

Jesús sigue la estela de los profetas veterotestamentarios que se lamentan del abandono que ha sufrido el rebaño del Señor a manos de los pastores de Israel. El texto más duro y claro es el de Ezequiel:

Me dirigió la palabra el Señor: —Hijo de Adán, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza diciéndoles: ¡Pastores!, esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores? Os coméis su enjundia, os vestís con su lana; matáis las más gordas, y a las ovejas no las apacentáis. No fortalecéis a las débiles, ni curáis a las enfermas, ni vendáis a las heridas; no recogéis las descarriadas, ni buscáis las perdidas, y maltratáis brutalmente a las fuertes. Al no tener pastor, se desperdigaron y fueron pasto de las fieras salvajes. Mis ovejas se dispersaron y vagaron sin rumbo por montes y altos cerros; mis ovejas se dispersaron por toda la tierra, sin que nadie las buscase siguiendo su rastro. (…) Así dice el Señor: Yo mismo en persona buscaré mis ovejas siguiendo su rastro. Como sigue el pastor el rastro de su rebaño cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones. (Ez 34,1-16)

Dios promete volver a reunir de nuevo a su pueblo, pero bajo otros pastores que sean dignos. Es el anuncio de los tiempos mesiánicos, en los que aparecerá finalmente el verdadero Pastor, Jesucristo, un pastor que se apiada de las ovejas que caminan sin pastor. Porque una oveja sin pastor no es una oveja libre, aunque lo parezca, sino que es una oveja descarriada que va errando por los montes sin saber adónde ir y vive expuesta al asalto de cualquier enemigo, como se describe en la parábola de la oveja perdida.

Los rasgos de un buen pastor (o pastora)

¿Cómo traduciríamos el modelo pastoral de Jesús a las necesidades actuales? ¿Cuáles serían los rasgos de ese buen pastor en nuestros días? Permitidme que esboce un retrato robot un pelín utópico pero, ¿cómo no hacerlo ante tantas distopías y antihéroes actuales?

Serían los mismos rasgos a los que debe aspirar, en principio, cualquier cristiano o cristiana, pero llevados al nivel de “ejemplaridad” y responsabilidad que exige guiar a otros, sean mis propios hijos, la vecina que viene a que la escuche, las chicas a las que entreno al baloncesto o los feligreses de mi parroquia. No son rasgos caracterológicos: se pueden enseñar; se pueden aprender con la ayuda de Dios.

Un buen pastor o pastora es una persona:

  • Cercana, empática, que escucha al otro, conoce su nombre y atiende las necesidades y el proceso de cada persona sin fórmulas magistrales de café con leche para todos. “Conozco a mis ovejas y ellas me conocen”.
  • Con visión de futuro, despierta: intuye por dónde ir. “En verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas”.
  • Atenta a los signos de los tiempos: informada, analítica, crítica, constructiva. Ve venir al lobo y las defiende de sus acechanzas. “Seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré”.
  • Preocupada por el débil, el pobre, el desvalido, el desorientado, el alejado. Deja a las noventa y nueve y se va a por la que se ha perdido. “Repara mis fuerzas”.
  • Respetuosa, sin juzgar, pero también capaz de mostrar la senda del cambio y la conversión, sin paliativos. Hay que devolver a la oveja extraviada al redil: “Me guía por el sendero justo”.
  • Auténtica: hace lo que predica. Toda su vida es un ejemplo de por dónde hay que ir.
  • Activa y servicial: no vive en el “hay que”, sino que se pone manos a la obra “como el que sirve”. No es un asalariado; trabaja con toda su alma, como si le fuera la vida en ello… (¡y a veces le va!). “El buen pastor da su vida por las ovejas”.
  • Resiliente: no solo se sobrepone a las adversidades y contratiempos, sino que los aprovecha para crecer. El ataque del lobo o la tormenta hacen que mida sus fuerzas y aprenda para el futuro.
  • Capaz de adaptarse con aceptación y humildad ante el cambio constante, tanto en sí mismo como en el otro y el entorno. “Be water, my friend…” Si llueve, por aquí; y si escampa, por allá. Pero hay que seguir siempre adelante.
  • Comunitaria, fraterna. “Si quieres ir rápido, ve solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado”. Este proverbio africano encierra una gran verdad en una sociedad donde tendemos a dar prioridad a lo urgente sobre lo importante y a llegar rápido antes que llegar bien y con todos. ¿Qué pastor dejaría atrás sus ovejas, por el camino? “Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida”.
  • Confiada, esperanzada.  A pesar de conocer bien su propia debilidad y fragilidad, transmite seguridad a su rebaño: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo”.
  • Entusiasta y esforzada. No hay duda de que el trabajo es duro; vivir a la intemperie no es nada fácil, como tampoco lo es encontrar pastos en verano… pero lo lograremos. “Tu vara y tu callado me sosiegan”.
  • Ecuménica, dialogante, de corazón abierto. No cree tener respuestas para todo. Busca la Verdad con humildad, sabiendo que también hay presencia del Espíritu de Jesús fuera de su grupo, comunidad o Iglesia: “Tengo otras ovejas que no son de este redil; a esas también yo debo traerlas, y oirán mi voz, y serán un rebaño con un solo pastor”. 
  • Sufrida, capaz de aceptar el dolor y la pérdida. No siempre se tiene éxito; no siempre se regresa a la paridera con todas las ovejas.

¡Seguro que me dejo muchas cualidades en el tintero! El lector/a sabrá continuar la lista con su propia experiencia.

Renovar y abrir los ministerios pastorales

Podríamos sacar mil conclusiones de esta pequeña reflexión, pero solo pretendo aquí invitar a meditar sobre este tema para que, como comunidad cristiana, nos planteemos en este momento tremendo de la historia la grave responsabilidad de ser buenos pastores y pastoras.

Por mi parte, creo que la Iglesia tiene la urgentísima obligación de reconocer en los signos de los tiempos que el Espíritu Santo nos está llamando a cambiar el modelo de ministerio, abriendo también la puerta del sacerdocio ministerial a los casados y casadas, y dando más responsabilidades a los laicos para que, recibiendo una buena formación (imprescindible), puedan hacer frente a los retos a los que nos enfrentamos. Deben potenciarse muchos más ministerios pastorales (evangelización, espiritualidad, enfermos, jóvenes, familias, solidaridad, profecía…) desde la confianza profunda en que el Señor proveerá. Pero, empecemos por el principio, creando verdaderas comunidades de vida cristiana de las que emane un testimonio de amor: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros” (Jn 13,35).

El Papa Francisco, en su reciente y profética visita a Canadá, pidió “generosidad” a los pastores para poder apacentar al rebaño. “Guíenlo, no dejen que se pierda mientras ustedes se ocupan de sus propios asuntos”, y no lo hagan “de manera forzada, como un deber, como religiosos asalariados o funcionarios de lo sagrado, sino con corazón de pastores, con entusiasmo”. Hay que sentir, y proclamar, la alegría cristiana, que es “un don gratuito, la certeza de sabernos amados, sostenidos y abrazados por Cristo en cada situación de la vida”. “¿Cómo va nuestra alegría? Nuestra Iglesia, ¿expresa la alegría del Evangelio? En nuestras comunidades, ¿hay una fe que atrae por la alegría que comunica?”

No importa lo mal que lo hayamos hecho algunos, Jesús nos mira con ojos de misericordia y, como a Pedro, tras sus errores y negaciones, nos invita a volver a la tarea con una misión rejuvenecida:

Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos.  Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas.  Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas. (Jn 21,15-17)

(Artículo publicado en la revista Tiempo de Hablar – Tiempo de actuar, número 171)

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