Hoy hemos visitado la iglesia de la Veracruz, en el centro de Santiago de Chile, una iglesia arrasada por las llamas tras el «estallido social» que ahora se levanta de sus cenizas, lentamente, para recuperarse como espacio público (es un monumento nacional) y espiritual.
El «Estallido Social de Chile» fue una serie de manifestaciones masivas y disturbios que comenzaron en octubre de 2019, desatadas por un aumento en la tarifa del transporte público. Aunque este fue el detonante, las protestas rápidamente expusieron problemas sociales más profundos, como el alto costo de la vida, las bajas pensiones, el precio de los medicamentos y un rechazo generalizado a la clase política.
Había un antecedente cultural en todo esto. Uno de los grupos primitivos de indígenas de Chile, los mapuches, solían protestar quemando aquello que les disgustaba. No era la primera vez en la historia que las protestas callejeras devenían en grandes incendios, aunque esta vez fue una verdadera hoguera nacional que solo la pandemia consiguió apagar. De hecho, surgieron voces que decían que el nivel de destrucción era tan grande que no se podía descartar la implicación de agentes extranjeros que quisieran desestabilizar al gobierno chileno… pero eso nunca quedó probado.
Las protestas, que carecieron de líderes y abarcaron un amplio espectro social, llevaron al gobierno de Sebastián Piñera a decretar estado de emergencia y toque de queda. El conflicto resultó en un alto número de fallecidos, heridos y detenidos, con organizaciones internacionales como Amnistía Internacional denunciando graves violaciones a los derechos humanos por parte de las fuerzas de seguridad del Estado.
El estallido social también tuvo un grave impacto económico, con pérdidas millonarias, devaluación de la moneda y la pérdida de miles de empleos. En respuesta a la crisis, el gobierno implementó la «Nueva Agenda Social», con medidas destinadas a abordar temas como las pensiones, la salud y los salarios.
Fue entonces cuando mucha gente pensó: «¿No se daba cuenta nuestra clase dirigente de que todo esto debía cambiar hacía tiempo?». Desgraciadamente, las revoluciones son a veces necesarias, aunque a nadie le gusten ni se pueda evitar que, como siempre, paguen justos por pecadores. Ojalá de todo esto haya nacido un país más justo, fraterno y libre. Así lo he pedido al Señor en esta iglesia martirizada.

