Ángel Valenzuela Santos, hermano y amigo.

Hace un mes falleció mi hermano y amigo, el P. Ángel Valenzuela Santos (1943-2020), sacerdote y misionero escolapio. Le debo este pequeño homenaje.

Viví con Ángel 14 años en comunidad, desde el 16 de agosto de 1982, cuando llegamos a Nueva York para comenzar la que fue la Comunidad Escolapia de Brooklyn, hasta mi partida de Camerún en abril de 1996. Desde entonces nos unió una gran amistad y un sentido de fraternidad que ni los vaivenes de mi vida pudieron alterar. No puede escribir mucho de sus dos décadas anteriores como joven escolapio, solo de lo que yo viví como misionero.

Cuando creamos la comunidad de Brooklyn en 1982, los primeros meses fueron muy duros, pues el Padre Cecilio Casado, el entonces Superior Provincial de Aragón, no nos había dicho dónde asentarnos, sino que quería que el Espíritu Santo nos iluminara. Al principio vivimos en un piso que había sido la vivienda las religiosas que cuidaban la escuela de la parroquia escolapia de la Anunciación, en Harlem.

Javier Bosque, José María Clavero y Ángel quitando nieve junto a la escuela de la Anunciación, diciembre de 1982.

Poco después de llegar a Nueva York, aquella primera comunidad formada por Ángel, Javier Bosque, Félix Jiménez y yo, tuvimos que comenzar a ganar algún dinero para vivir sin ser una carga para la otra comunidad escolapia de la Anunciación y poder independizarnos. Al mes de llegar, cuando apenas habíamos comenzado a estudiar inglés en unas clases gratuitas para Hispanos en la Iglesia de Ntra. Sra. de la Esperanza, Fred Garel, un amigo de la parroquia de los escolapios, nos indicó que había un puesto de trabajo para nosotros, aunque humilde. De esa forma, Ángel obtuvo un puesto de ascensorista en una escuela laica de la Ethical Culture Society que, debido a que tenía varios pisos, necesitaba una persona permanente para subir y bajar a niños de 20 en 20. Allí trabajó más de medio año, aprendiendo inglés con los niños y sus eternas fichas, que iba repasando ascensor arriba, ascensor abajo.

Ethical Culture School, en el 33 de West Central Park, Nueva York.

El dinero que iba ganando, junto con el de Félix Jiménez como capellán del St. Vincent’s Catholic Hospital, el que me daban una monjitas por darles clase de guitarra y el que nos donaban grupos de oración por darles alguna charla, nos ayudaron a alquilar un piso en Brooklyn, una vez discernimos el lugar donde asentarnos: la parroquia de la Transfiguración, en el barrio de Williamsburg, Brooklyn.

Félix Jiménez, Ángel Valenzuela, José Mª Clavero, Juan Yzuel, en la comunidad de Brooklyn. 1983.
Ángel en la cocina de nuestro piso de Grand Street Extension. 1984.

Ya en la primavera de 1983, cuando habíamos llegado a Brooklyn, comenzó Ángel a trabajar como maestro de 3º de Primaria en la escuela católica de Sts. Peter and  Paul, cercana a nuestra comunidad, donde estuvo hasta el año 1987. El trabajo me lo ofrecieron a mí porque yo iba todos los domingos a animar con la guitarra la misa en inglés (¡yo sabía más de guitarra y de cantar que de inglés, por aquel entonces!), pero no pude coger el trabajo porque tenía que terminar mis estudios de Teología. Hay que remarcar que, cuando comenzó Ángel, era el tercer tutor de aquella clase. Debido a los problemas del barrio y la violencia en las calles, habían pasado ya dos maestras por aquella clase en un solo curso. Ángel apenas conocía el inglés, desde luego no lo suficiente para impartir cinco horas al día en esa lengua, pero lo aceptó. ¡Recuerdo que perdía casi un kilo de peso por semana por el esfuerzo y la tensión! Gracias a que todos los niños eran hispanos, se defendía, pero hubo momentos para la risa. El más sonado fue este:

“Hoy, a un niño que no vino ayer a clase, le he preguntado que por qué había faltado, y me ha respondido, entre sollozos: “Por mi cumpleaños” (Because my birthday!). Le he amonestado, lo mejor que he podido, con una reflexión sobre la importancia de no faltar a clase, y menos por un cumpleaños. Entonces, otra niña, me ha dicho: “Padre, no fue su cumpleaños. ¡Es que su pájaro murió! (Because my bird died!)”

Ángel Valenzuela en su clase de 3º de Primaria de Sts. Peter and Paul Catholic School. 1985.

Aquel verano Ángel estuvo con las Hermanas Jeanne y Hellen, que dirigían aquella escuela católica, estudiando inglés más de seis horas al día para poder dominar esa lengua al comenzar el nuevo curso de 1983. Y aquella fue su tarea, durante los próximos cuatro años, como humilde maestro de escuela, con más de treinta niños hispanos en su clase.

Hna. Jeanne, Ángel, una sobrina de la Hna. Hellen, Marisa Sanz (mi madre), la Hna. Hellen y la otra sobrina de Hellen. 1985.
Ángel, en su clase, en 1985.

En aquellos años, además de echar una mano en nuestra parroquia de la Transfiguración, fue también capellán de las Madres de los Desamparados de San José de la Montaña, en la calle 20 al Oeste de Manhattan, una comunidad hispana que mantenía allí una escuelita infantil y un hogar para jóvenes universitarias. He aquí la imagen de la comunidad.

Comida fraterna de nuestra comunidad con las Madres de los Desamparados. 1986.
Ángel, con la comunidad de Madres de los Desamparados. 1984.

En 1985, los tres miembros entonces de la comunidad, Javier, Ángel y yo (Félix regresó a España el primer año), nos enfrentamos a la posibilidad de no poder continuar, pues no todo el mundo veía bien en España aquel modelo de vida encarnada en el barrio, como una familia más, y trabajando sin obra propia. La visita el P. General, Ángel Ruiz, fue decisiva para dar un espaldarazo a nuestra humilde presencia escolapia. Por aquel entonces Ángel estaba en la escuela, Javier era el coadjutor de la Transfiguración y predicaba misiones de evangelización en parroquias hispanas de varias diócesis, yo estudiaba teología en St. John’s y me encargaba de la pastoral juvenil de Transfiguración.

Javier Bosque, Ángel Ruiz, Juan Yzuel, Ángel Valenzuela. 1984.

Fue un año de oración y discernimiento, lleno de incertidumbres. Pero Ángel marchaba feliz cada mañana a la escuela, orábamos juntos en nuestra pequeña capilla y nos manteníamos fuertes en la fraternidad, cimentada en la unanimidad en todas nuestras decisiones y en la vida sencilla y austera.

Ángel, orando en la capilla de la comunidad en Marcy Avenue, 1987.

Ángel se distinguió aquellos años por fomentar el cuidado y seguimiento de varias familias muy pobres de nuestro barrio, Los Sures (el Southside de Williamsburg, entonces un barrio marginal, muy destruido y con graves problemas sociales), lugar de llegada de muchos emigrantes hispanos. Muchos niños llegaban a Nueva York y tenían grandes necesidades educativas. Ángel se prodigaba yendo a ayudarles en los deberes y asegurándose de que no les faltaba comida. Así lo hizo, toda su vida, con los niños más pobres.

Algunos de los niños a quien Ángel ayudó especialmente en Los Sures.

Pero, finalmente, la Orden decidió enviarnos a África para potenciar la presencia escolapia en aquel continente creando una nueva misión en Camerún, la primera de los escolapios en aquel país. Y allí marchamos Ángel, Fernando Negro y yo el día de Navidad de 1987. Tres años después se nos unió Domingo Sáez.

Marzo de 1988. Meses después de llegar a Camerún, con el P. John Bintum, en un retiro para maestros católicos en Bayelle.

Cuando tuvimos por fin casa en Futru-Nkwen, cerca de la ciudad de Bamenda, tras medio año de estar separados en tres parroquias distintas, pudimos volver a vivir juntos y comenzar nuestra propia misión, la parroquia de San Miguel en Futrú-Nkwen y sus tres escuelas. Ángel fue, ante todo, un hermano de verdad, un religioso fiel y un gran amante de la vida comunitaria, donde siempre lo dio todo, tanto con su servicio humilde y generoso como con la escucha atenta y la aportación de su especial sabiduría y fidelidad al carisma calasancio. Aunque no hubiéramos hecho juntos nada más, el hecho de querernos tanto siento tan diferentes los cuatro ya era una evangelización en sí misma, como muchos feligreses sabían apreciar.

Juan Yzuel, Ángel Valenzuela, Domingo Sáez, Fernando Negro. 1991.

Hay una anécdota al respecto. Cuando en 1992 nos visitó Javier Negro, que entonces era Asistente de Pastoral de la provincia escolapia de Aragón, preguntó al Sr. Víctor Ngangmi, entonces presidente del Consejo Parroquial, qué era lo que más le llamaba la atención de nuestra comunidad. Víctor le respondió:
“Para nosotros, esta comunidad nos ha ayudado a entender el misterio de la Santísima Trinidad. Cuando cualquiera de nosotros habla con uno de los padres, sabemos que estamos hablando con todos a la vez. Si enseguida vamos a preguntarle lo mismo a otro padre, nos responde exactamente lo mismo. Tienen un mismo corazón y un mismo espíritu”.

El primer año, Ángel fue el administrador de las escuelas, mientras yo era el párroco y Fernando el superior de la comunidad. Entonces Ángel nos manifestó a Fernando y a mí su deseo de seguir siendo un escolapio de tiza y borrador, un sencillo maestro. ¡A muchos sacerdotes de la zona les costó entender que todo un sacerdote se dedicara a limpiarles los mocos a más de cuarenta niños de quinto de primaria en la escuela de Menteh-Nkwen! Pero nuestro arzobispo, Monseñor Paul Verdzekov, que había sido maestro antes que seminarista, estaba encantado de este testimonio de servicio humilde. ¡Hay que entender que allí seguía sirviendo el dicho “pasas más hambre que un maestro de escuela”!

Ángel ni siquiera quiso ser maestro en Futrú, que estaba a doscientos pasos de nuestra casa; durante más de dos décadas recorrió a pie, cada día, los tres cuartos de hora que le llevaba llegar a la otra misión, a una escuela aún más humilde que la de Futrú. No aceptó nunca ni ir en bicicleta; le bastaba ser como un camerunés más. Hasta tal punto fue un andarín que, cuando volvía de vacaciones, los médicos le decían que padecía el mal de los pastores, pues el caminar tanto por el asfalto duro y caliente de Zaragoza le fastidiaba unos pies hechos al barro y a la hierba. En aquellos años, no solo enseñaba y celebraba la misa con todos los alumnos de su colegio; se preocupaba de los que tenían más dificultades, buscaba cómo ayudar a quienes no podían aportar nada a la escuela; visitaba a los alumnos bororos o fulanis, pertenecientes a un grupo étnico musulmán, ajenos a la zona, que habían ido viniendo para ser pastores de ganado, algo foráneo en aquella cultura de cazadores y recolectores. De allí, más tarde, su interés por el árabe junto con el hebreo, que había sido siempre una de sus aficiones. Llegó a ser capaz de leer un poco en ambas lenguas, aunque jamás exhibía esas habilidades.

Ángel, con niños de la escuela de Futrú-Nkwen. 2013.

Como sacerdote escolapio, su misión no fue solo la educación, sino la evangelización. Por ello se tomaba muy en serio la eucaristía mensual escolar, así como la ayuda a los catequistas, las confesiones de los niños y el seguimiento pastoral de los maestros. De allí que, una de sus grandes alegría, fue la inauguración de la iglesia de Menteh, contigua a la escuela, en 1994.

Ángel preside la eucaristía de inauguración de la Iglesia de Menteh-Nkwen. 1994.

Pero también tenía su otra forma de ganarse el cariño de la gente: mezclándose con ellos con su particular falta de sentido del ridículo. Igual se ponía a bailar flamenco que a hacer muecas con los niños. Muy pronto se agenció un traje tradicional de la tribu Nkwen y se lo ponía, como todo hijo de vecino, para participar en las fiestas y celebraciones de la gente bailando sus danzas y bebiendo el mimbo (vino de palma).

Con el traje tradicional de la zona, en una celebración. 1994.

La gente de Camerún le recuerdan como Padre Cuá-Cuá (Fr. Kwa Kwa), porque le gustaba decir este saludo que, en la zona, es la forma de llamar a la puerta… cuando no hay puerta. Todo el mundo, cuando les he ido pidiendo que rezaran por él en esta última etapa, me han recordado este nombre cariñoso con el que siempre se referían a él. Me han llegado muchos testimonios en estos días de sus antiguos alumnos. Quiero resumirlos en este:
“Cuando me enteré de la desaparición del P. Angel, dije que el Señor nos da y nos quita. Honestamente, tuve grandes dificultades en mi vida en la escuela primaria, pero ocurrió mi gran avance en las manos del Padre Kwa Kwa en 5º de Primaria, ya que su forma de dar la clase no solo me transformó a mí, sino a muchos de nosotros. Descanse en paz, Padre” (Mbomboh Ghislain Funwie).

Tenía, finalmente, una gran habilidad para el dibujo. Lo empleaba con profusión en sus clases, donde se hacía sus propios carteles, esquemas y mapas didácticos. Recuerdo a José Antonio Gabelas, allá por 1981, pidiéndole unos dibujos para un montaje de diapositivas que ideó sobre la esclavitud a nuestro reloj. Los últimos meses de su vida, alejado de su Colegio Calasancio y de sus niños, donde pasó los últimos años de su vida tras diagnosticársele un cáncer que le impidió volver a Camerún después de unas vacaciones, respondía a los mensajes de los niños mandándoles caricaturas.

Ese amor a la escuela era también su forma de honrar la tradición calasancia. ¡Cuánto quería a los escolapios mayores! Le gustaba contar anécdotas de la sabiduría que solo se obtiene viviendo día a día. De su etapa de Logroño hablaba mucho del Padre Germán Gutiérrez, de quien siempre repetía esta frase que Ángel vivió a conciencia: “¡Cuánto se gana callando!”.

La comunidad escolapia de Logroño, en 1971.

Pero su amor más grande fue su madre, a quien adoraba. Hay que recordar que su padre murió cuando él apenas tenía unos ocho años. Su madre tuvo que sacarlo adelante, junto con su hermano menor, José Ignacio, a base de mucho trabajo. Sus vacaciones, cuando volvía de Camerún, eran para estar día y noche con ella. En ocasiones subían juntos a la comunidad de Jaca, que les acogió muchos veranos.

Ana Santos, madre de Ángel, hacia 1990.

Hay muchas otras anécdotas de su vida que guardo en mi corazón. Fue un religioso cumplidor, fiel y servicial hasta el extremo, intentando ocupar siempre la última plaza. Siempre trató con gran respeto a cuantos vivimos a su lado; nunca hizo de ningún dogma, idea u opinión una bandera con la que enfrentarse contra los demás. Cuando venían tiempo más duros y difíciles, oraba con más fuerza, pero sin quejarse nunca de nada. Solo, en raras ocasiones, luchó por lo que consideraba fundamental: la Escuela Pía tenía su misión, sobre todo y ante todo, en la escuela. Nunca forzó a nadie a seguir su opción radical por la tiza y el lápiz, pero él vivió esta vocación hasta el último suspiro. De hecho, en sus últimos años en el Colegio Calasancio de Zaragoza, muchos niños y profesores gozaron de los apoyos en inglés que ofrecía generosamente cada día a los más necesitados de ayuda. Tras sus últimas operaciones, suspiraba por volver a las aulas a seguir su humilde ministerio.

Mientras estuvo enfermo, le visité varias veces, incluida la última semana y el último día. No quiero compartir esas fotos, cuando ya estaba muy enfermo, pero sí la de la visita de Neba Agherenwie, hace una año, que le llenó de alegría. Con él, de alguna manera, recibió el cariño que no le pudieron dar tantas personas de Nkwen al no haber tenido una verdadera despedida allí. Su vuelta a España fue accidental.

Neba Agherenwie Ngwa con Ángel, 2019.

No pude asistir a su funeral en la residencia Betania de Zaragoza debido a las restricciones de acceso a los centros de mayores que ha impuesto el Covid-19. Pero sí hice llegar una rama de nkeng, la planta de Camerún de la paz y la vida, que tanto se usa en Nkwen para las celebraciones de todo tipo y, también, para plantar en las tumbas de los seres querido. Domingo Sáez la depositó sobre su féretro durante la eucaristía.

¡Ángel, hermano, amigo, descansa en la Paz del Señor!

Otros documentos:

Marcar como favorito enlace permanente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.