Heroína Ortega: ¡Cántenme canciones alegres!

Querida Heroína:
Te fuiste al Cielo el pasado 18 de septiembre. Después de unos días de pena y ausencia, con el corazón en calma, aprovecho un momento tranquilo para decirte lo mucho que te quiero y darte gracias por tu amistad fraterna.

Este agosto, poco después de tu 91 cumpleaños, hablamos por teléfono por última vez. Me dijiste que cualquier día nos ibas a decir adiós… y así ha sido a pesar de mis protestas y mi deseo de volver a verte cuando acabara esta pandemia. Y me diste un mensaje. Lo copié literalmente, porque algo me decía que pronto se cumplirían tus palabras:

“Cuando yo me muera, no quiero que lloren.
Quiero que me canten muchas canciones, porque se me han olvidado.
No quiero llanto, yo quiero alegría y acción de gracias por la vida.
Dios es amor y alegría, y eso quiero yo”.

Hay personas en nuestras vidas que dejan una huella profunda con su testimonio y ejemplo… y pasan de largo. Pero hay otros que son nuestros compañeros de camino, que nos acompañan a lo largo de la existencia con su amistad fraterna. Así has sido tú para mí, Heroína, durante estos casi cuarenta años.

Te recuerdo aquella primera vez que comenzamos a hablar en la primavera de 1983 para ir a la cárcel de Rikers Island de Nueva York a ayudar en los retiros con presos hispanos que organizaban el Padre Pierre Raphaël y las Hermanitas del Evangelio. En cada encuentro, durante años, tras la reflexión en grupos, alegrábamos a aquella multitud de unas doscientas personas con nuestros cantos. Nos acompañaba también Julia Vázquez, compañera inseparable, y Doña Rosa Hernández, aquella hermana tan querida que sacaba tiempo para ir a animar a los presos mientras iba los fines de semana a visitar a sus tres hijos en tres prisiones diferentes. Eran tiempos recios para las madres hispanas como tú.

Voluntarios en la cárcel de Rikers Island en 1987 con Pierre Raphaël (abajo) y las hermanitas

Te recuerdo especialmente en aquellas noches en el refugio para gentes sin casa de la parroquia de Holy Trinity a donde acudíamos con las fraternidades de la parroquia de la Transfiguración. Eran noches enteras velando el sueño de treinta o cuarenta personas que no tenían donde dormir. En esas largas horas hablábamos de nuestras vidas, de nuestros sueños, de tus hijos, de mis padres y hermanos…

Te recuerdo arrodillada en la capilla de la Transfiguración en aquellas mañanas de sábado donde hacíamos presencia ante el Señor con el padre Bryan Karvelis. Te recuerdo haciendo el café colado que despertaba luego nuestro rato de compartir el evangelio. Te recuerdo hablando siempre con humildad y sabiduría, las que nacen de un corazón contemplativo.

Hoy, desgraciadamente, todo eso ha desaparecido y se lo ha llevado la riada de un modelo de iglesia muy diferente al que vivimos juntos. Pero, hasta tu último aliento, fuiste fiel al mensaje de Bryan: “Hacer presencia a Dios y a los más pobres”.

Capilla de la Trasfiguración en tiempos del Padre Bryan

Te recuerdo con tu fraternidad, cuando les acompañé en algún retiro en Tabor. Tú fuiste allí, y en toda la comunidad, un ejemplo de compromiso, un modelo de fidelidad, un testimonio de la importancia de orar juntos y de compartir para llevar adelante las dificultades con los esposos, los hijos, el trabajo… Tabor era el espacio donde podíamos “ser”, caminar en medio de la belleza de la Naturaleza exuberante y respirar el Amor de Dios para volver luego al valle y bregar con la vida que tan difícil podía ser en Nueva York.

Una de las fraternidades de la Transfiguración en Tabor – 2015

Te recuerdo trabajando con Javier Bosque y conmigo en la animación de los nuevos grupos que creamos para desarrollar la pastoral juvenil. Aquel ministerio de jóvenes incluía reuniones semanales, encuentros abiertos, conciertos, excursiones, actividades para sacar fondos económicos, retiros… Junto con Pipina, Luisa, Julia, Conce, Jessica… nos fuimos a Nyack con toda aquella gente alegre y bulliciosa a quien no había manera de hacer dormir por las noches. Hace poco comentábamos tú y yo que aquellas semillas de fe y evangelio se sembraron con generosidad aunque no parezca, aparentemente, que dieran mucho fruto. Pero eso, solo lo sabe Dios.

Retiro de Nyack – 1985 – Arriba, a la derecha, Dominga Polanco, Heroína y Luisa de los Santos

Te recuerdo marchando juntos por la justicia, por la paz, por la libertad, en aquellos años del presidente Reagan que sembraron el mundo de guerras como la de Iraq e Irán y las de la Contra en Nicaragua que han tenido luego terribles consecuencias a largo plazo. Fuimos a Washington y cantamos a pleno pulmón nuestras canciones hispanas acompañando a nuestros hermanos nicaragüenses, salvadoreños y guatemaltecos cuyas naciones se desangraban.

Marcha en Washington contra las guerras en Centroamérica

Te recuerdo en mi ordenación sacerdotal, el 15 de agosto de 1986, en Zaragoza. Viniste con Nati y un buen grupo de personas de la Transfiguración que me acompañaron junto con el Padre Bryan. A la pregunta ritual del obispo Javier Osés en el escrutinio previo,  “¿Sabes si es digno?”, tú subiste al ambón para hablar en nombre de toda la gente de la Transfiguración y dar el parecer de la comunidad parroquial.

Te recuerdo cuando la comunidad escolapia de Brooklyn peligraba por los planes de la Orden de enviarnos a otro país. Yo defendía la permanencia: era necesario que los escolapios continuáramos en aquel barrio tan necesitado de nuestra presencia. Con igual energía estaba dispuesto a ir donde me enviaran a servir. Tú hablaste con el padre Cecilio Lacruz, nuestro superior, haciéndole ver que apenas estaba comenzando a dar sus frutos aquel árbol plantado en Brooklyn. Pero, cuando la decisión final llegó y el árbol se taló hasta la raíz, con lágrimas en los ojos, estuviste también apoyándonos junto con toda la comunidad parroquial en esta nueva misión en Camerún.

1987 -Heroína, Fernando Negro, Cecilio Lacruz

Te recuerdo, especialmente, cuando llegaron mis dudas y mi crisis vocacional. Yo me sentía llamado, a la vez, a servir al evangelio y a la Iglesia y a compartir ese ministerio con una esposa y una familia. Y allí estuviste tú, tantas veces, alentando y animando mi respuesta personal a Dios, sin juzgarme, sin imponerme nada, sin darme respuestas enlatadas. ¡Cuánto hemos reído y llorado juntos! No ha sido fácil para mí ser consecuente en una Iglesia que no acepta a los sacerdotes casados; tampoco a ti verme dolido y confuso. Pero hemos celebrado muchas veces la Vida con mayúsculas, la que desborda las barreras y los diques y nos sorprende y nos anima a seguir construyendo con esperanza el Reino de Dios.

Brooklyn, 2015, con Susana

En nuestra terraza sigue floreciendo cada año la buganvilla que nos regalasteis Nati, Ale y tú en Madrid en 2001. Veinte años después sigue recordándonos su cariño y nuestro deseo de que esa amistad que compartimos siga viva.

A pesar de la distancia generacional de treinta años, nunca fuiste una “madre” para mí; fuiste una hermana. Nos tratamos siempre con mucho cariño y respecto, como discípulos de Jesús que vivían lo que canta el Himno de la Transfiguración: “Somos la gran familia de la Transfiguración. Juntos hacemos camino tras las huellas del Señor”.

Vuela, por fin, en libertad, hermana mía, amiga mía. Seguiré cantando canciones alegres, como me pediste, y seguiré dando unos pasos más por ti cada día, como acordamos cuando tú apenas podías ya caminar.

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