Carta abierta de un cristiano a José Antonio Labordeta

jose_antonio_labordetaConocí personalmente a Labordeta en 1983, cuando vino con otros grupos aragoneses a participar en el Día de la Hispanidad de Nueva York. Nuestra conversación y una anécdota graciosa quedó brevemente reflejada en su libro Banderas rotas (pág. 195). Este verano le escribí una carta personal para agradecerle lo que su música y su compromiso con la gente han supuesto en mi propia existencia como cristiano. La resumo aquí, como una carta abierta, en estos días en que mi corazón llora la partida de un amigo, así como mis ojos ven el nacimiento de una nueva estrella en el cielo.

Zaragoza, 29 de julio de 2010

Querido José Antonio:

En Nueva York, el 14 de octubre de 1983, mientras te cambiabas para el recital en la Casa de España, me dijiste que eras consciente de que los cristianos usábamos tus canciones en nuestras celebraciones. Así es. Junto a las banderas “Libertad”, “Justicia”, “Fraternidad”… ondea en nuestra vida, señera y agitada por vientos recios, la de “Evangelio”, que para mí y para muchos cristianos es la esencia de todas las demás. Nunca he visto conflicto entre el Evangelio y tus canciones. Éstas han supuesto tanto para muchos de nosotros que deseo honrarlas en esta carta volviendo al momento más significativo de cada una de ellas en el contexto singular de mi vida compartida con distintas comunidades cristianas en varios países.

Año 1976. El Sr. Vázquez, nuestro profesor de Francés del Colegio de los escolapios de Zaragoza, un militar exigente y duro pero con una puntita de gracejo andaluz, nos da su acostumbrada charla de valores cívico-patrióticos entre col y col: “Hay un tal Labordeta que, mientras me afeito cada mañana, canta en la radio igual que un ganso: “Rosa, rosae…” ¿A dónde se ha ido la buena música?” La semana siguiente, varios de los que tienen tocadiscos alardean de haberse comprado tu LP.

Otoño de 1977. Llevo un par de meses en Peralta de la Sal, donde está la casa natal de San José de Calasanz y el noviciado de los escolapios. Cada mes vamos caminando por todos los pueblos de la zona, entre la Litera, el Somontano, la Ribagorza y el Sobrarbe. Fiesta en una ermita cercana a Gabasa. Tras la misa, animamos el almuerzo con nuestras guitarras: “Entre todos hay que levantar, hay que levantar, hay que levantar…” Sonrisas en los más viejos, fraternidad con la gente joven que se ha quedado en estos pueblos casi abandonados, un gran sentido en nosotros de que hay una tarea por delante. Le cambiaré luego la letra para que cada novicio tenga una estrofa y se reconozca en este grupo que sueña con cambiar el mundo. Buceo en la pequeña discoteca del noviciado, donde no falta de lo tuyo ni de Carbonell, La Bullonera, Paco Ibáñez,… También de Juan Antonio Espinosa o Ricardo Cantalapiedra, cantautores que me harán descubrir el evangelio desde otra luz.

1 enero de 1978. Con mis hermanos novicios y Mansi, un joven agricultor de Peralta, vamos durante este duro invierno a recolectar olivas. Muchos de los olivos están abandonados, llenos de ramas que no nos dejan varear bien la oliva y tenemos que podarlos sobre la marcha. El ramaje cortado y la virutilla cae a las mantas cuando usamos el hacha y, por eso, no nos han dejado hoy entregar el carro de olivas en el molino. Pasamos la primera mañana del año limpiando un remolque entero mientras cantamos: “A varear la oliva no van los amos…”. Las manos se nos congelan, pero nos sentimos felices al sentirnos cerca de la gente sencilla del campo que se enfrenta cada invierno a esta tarea.

29 de julio de 1982. Campamento del Grupo Scout Calasanz de Barbastro en Campo, Huesca. Dentro de dos semanas me voy con Javier Bosque, escolapio y jefe del grupo scout, a comenzar una nueva comunidad en un barrio de Nueva York. Los chavales han preparado una actuación en el último fuego de campamento y salen cantando “Arremójate la tripa”… Han cambiado la letra. En vez de “Los hijos de la María…” dicen “los hijos de la Escuela Pía…”, y ahí aparecemos Javier y yo, uno de negro y otro de indio en un salón… Nuestros comienzos en la Gran Manzana no fueron tan dramáticos, pero sí es verdad que hicimos trabajos humildes para salir adelante.

Septiembre de 1982. Manhattan. Ha habido una matanza en los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila en Líbano. Contemplamos las imágenes por la televisión y no nos podemos quedar parados estando en la capital del mundo, así que Javier, Ángel Valenzuela y yo hacemos unos carteles exigiendo paz y justicia y nos vamos a cantar a las escalinatas de la catedral de San Patricio, en la 5ª Avenida. Nos echan de allí y nos vamos a la ONU. El guardia de la entrada nos dice que no está permitido permanecer en la misma puerta: debemos ir al lugar de las manifestaciones, al otro lado de la calle, junto a una hermosa estatua de bronce regalada por la URSS e inspirada en las palabras del profeta Isaías: “De las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas”. Allí nos acomodamos, junto a un monje budista que ha venido caminando desde Hiroshima y toca su tambor mientras recita sus mantras. Nosotros, a falta de un repertorio en inglés, idioma que no hablamos todavía, volvemos a Jarcha, La Bullonera, Labordeta…: “Sonarán las campanas…” Viene un señor muy arregladito, nos hace dos fotos y nos pregunta quiénes somos, qué reivindicamos, qué cantamos… Difícil de traducir. Seguramente saldremos en el catálogo del FBI sin mucha información a pie de foto. Para acabar el día, nos vamos a casa de los hermanos de Taizé en “Hell’s Kitchen” (la “Cocina del Infierno”, literalmente, por la mezcolanza de olores en aquel barrio donde vivían emigrantes de decenas de países), rezamos con ellos y, tras una sencilla cena compartida, volvemos a cantar el “Canto a la Libertad” con el hermano Pedro (catalán) y el hermano Héctor (puertorriqueño).

Julio de 1983. Washington. Vuelvo con Javier de Washington, donde hemos participado en la conmemoración del 20º aniversario de la Marcha por los Derechos Civiles de Martin Luther King junto con una variopinta y multicolor asamblea de ecologistas, pacifistas, homosexuales, negros, hispanos,… En nuestro cartel reivindicamos el fin de las guerras en Centroamérica financiadas por Reagan. Al volver en el autobús comentamos la jornada y nos reímos comparando lo que son las manifestaciones en España y las de Estados Unidos, donde había tanta policía como manifestantes, y una enorme avenida con decenas de puestos de salchichas y refrescos, urinarios, recuerdos del tipo “Yo estuve aquí en 1963”… Javier saca su armónica y se arranca con “Yo tenía un camarada”…, canción de campamentos de origen alemán. De repente, un anciano se vuelve y nos dice: “¿Son españoles? Yo oí esa canción en la guerra civil. Estuve allí como brigadista internacional…” El mundo es un pañuelo. Y, en este pequeño rincón de esta aldea global, en un autobús que recorre Pensilvania, nos emocionamos con este viejo luchador por la libertad cantándole tu himno.

1 de enero de 1984. Hemos comenzado el año en Tabor, una casita para retiros que nuestra parroquia de la Transfiguración del barrio de Brooklyn tiene al norte de Nueva York. Aquí está el padre Bryan Karvelis, que lleva toda su vida dedicado a los hispanos más pobres. Aquí, con él, una veintena de jóvenes salvadoreños, guatemaltecos, nicaragüenses y mexicanos que viven acogidos en la casa parroquial. Todos llevan heridas en sus corazones, alguna obvias, otras secretas. El fin de año es siempre duro y las nostalgias y tristezas afloran como un torrente incontenible que, si se mezcla con cerveza y tequila, suele ser peligroso. Bryan les ofrece una alternativa: una nochevieja sosegada, con un largo paseo por los bosques, una cena fraterna compartida, preparada por todos, y un fuego alrededor del cual cantaremos canciones de Guaraguao, Los Farabundos, Víctor Jara, Joan Báez, Tony Croato, Silvio Rodríguez… y Labordeta. Echamos de menos a nuestras lejanas familias y soñamos con el fin de tantas guerras en Centroamérica, con una tierra en justicia y libertad.

Agosto de 1985. Nicaragua. Los Hermanitos del Evangelio, de Carlos de Foucault, viven en San Nicolás, cerca de Estelí, y participan en la cooperativa local. En su capilla, un AK47 es testigo de que también hacen guardia, como los demás vecinos, para que los guerrilleros de “La Contra” no queme sus cultivos. “No podemos decir no a las patrullas. Nuestros vecinos tienen hijos pequeños y están defendiendo su maíz y sus frijoles. Nosotros tenemos que estar a su lado, como uno más”. Alguno ha hecho el noviciado en Farlete (Zaragoza), donde siguen aún hoy manteniendo ermitas en cuevas para retiros individuales. Esa noche, Los Monegros se hacen cercanos: “Me dicen que no quieres…”

Julio de 1986. Tras cuatro años en Nueva York, he vuelto a España para ser ordenado sacerdote. Durante estos años mis padres se han separado. Mi madre vive en Zaragoza con mis hermanos y ha empezado allí de cero. Papá está sólo, en la que ha sido nuestra casa y que permanece cerrada desde aquel 15 de julio de 1983 que vio marchar al resto de mi familia. Subo a nuestra habitación, que encuentro tal como la dejaron mis hermanos tres años antes. Sobre las camas hechas encuentro el Marca de aquel día histórico apenas leído. Duermo allí, entre lágrimas. Me acuno con tu canción más triste: “Regresaré a la casa, la casa de mi madre, abriré las ventanas y que la limpie el aire…”

15 de agosto de 1986, día de mi ordenación sacerdotal. Por la noche, con muchos amigos y amigas, nos juntamos en la terraza del Rincón de Goya, en el Parque Grande de Zaragoza, a cantar viejas canciones. Otros se nos juntan, preguntando de qué va aquello y no terminan de creerse que aquella juerga sea por un nuevo cura. Hacemos un gran corro y mi amigo Joseje invita a todos a unirse. Hay sitio para todos… “Entre los dos,… entre los tres… entre todos… hay que levantar”. Otro mundo es posible.

Agosto de 1987. Marisa, mi madre, ha venido para pasar unos días en Nueva York pues nuestra comunidad es enviada a Camerún y yo soy en último en marchar y arriar bandera. Vamos a comer con Juan Gerona, hijo del notario de Sariñena y nacido allí pocos años antes de la guerra civil. A principios de los sesenta, tras sufrir una dura represión por demócrata, ganó el puesto de Jefe de traducciones al Español de la ONU. Estos años ha llegado a ser un verdadero amigo, un oasis sariñenense en la ciudad de los rascacielos. Tiene libros fantásticos, entre los que destaca un enorme tomo ilustrado sobre el Monasterio de Sijena tal como lo conoció él de niño, antes de ser quemado. También posee una gran colección de música aragonesa. Aquella tarde de despedidas y esperanzas, suena tu voz en añoranzas de Aragón: “Polvo, niebla, viento y sol…”

26 de julio de 1995. Nkwen, Camerún. Con los voluntarios de Setem-Aragón, pasamos media noche dándole vueltas a mi viejo cantoral. Aquí no puedo cantar con mi gente ninguna de las muchas canciones que lo pueblan, una de las soledades del misionero que se me hacen más duras, pero sí he aprovechado las raras visitas de los trotamundos españoles y aragoneses que se han cobijado en nuestra misión de Futrú-Nkwen para desempolvarlo y dejar que revivan las melodías que llevan dormidas tanto tiempo en sus desgastadas hojas. Esta noche, en el corazón de África, vuelve a sonar “Carta a Lucinio”, “La vieja”, “El poeta”, “Ya ves”…

1998. Vallecas. Trabajo en Madrid. Me acabo de casar con Susana y formamos parte de la parroquia de Santo Tomás de Villanueva, en Palomeras, que atiende una comunidad de dominicos que lleva aquí, junto a su gente, desde que esto era un mar de chabolas. Hubo que luchar mucho y juntos salieron adelante. Hoy en día siguen siendo el alma de un barrio en expansión que se puebla con familias jóvenes que no saben lo que costó levantar esto ni tienen ya interés en participar ni en asociaciones de vecinos, ni en parroquias, ni en sindicatos, ni en partidos políticos. Nosotros hemos optado por insertarnos aquí. Sin ellos, sin una comunidad, ¿cómo sobreviviremos, cómo alimentaremos los sueños y las esperanzas que merecen la pena? Cada domingo echamos una mano con la música a Rafi, Pedro Sánchez, Julio Lois… En el cantoral de la parroquia hay canciones tuyas, entre las que destaca una muy especial para esta comunidad vallecana: “Somos como esos viejos árboles…”

Invierno de 2002, Zaragoza. Curso de formación en mediación intercultural. Las casi dos docenas de participantes, que luego formaremos la Asociación Amediar, compartimos historias y músicas de los diversos países: Marruecos, Mauritania, Senegal, Guinea, Bosnia, Armenia, Ecuador, Nicaragua,… Es curioso cómo suena tu “Albada” en este Aragón nuevo que va naciendo, cómo nos hace sentir a todos uno y nos anima a que luchemos porque puedan vivir en paz, donde sea, los que dejaron su tierra.

6 de marzo de 2005. Asamblea del Moceop (Movimiento por el Celibato Opcional) en El Espinar, Segovia. Nos hemos juntado aquí varias decenas de curas casados, nuestras mujeres, unos cuantos niños, mi madre… Algunos son viejos luchadores, curas obreros; otros siguen ejerciendo el sacerdocio en comunidades de base; no faltan quienes ayudan a quienes andan como ovejas sin pastor, como los homosexuales cristianos; unos cuantos, más jóvenes, creamos nuevas realidades en las redes sociales de Internet, en ONGs y grupos alternativos. Renovamos nuestro compromiso de seguir construyendo una Iglesia menos clerical, más fiel al evangelio: “También será posible que esta hermosa mañana, ni tú, ni yo, ni el otro, la lleguemos a ver, pero habrá que forzarla para que pueda ser”. Nuestro hijos revolotean en este ambiente de lucha y esperanza. Susana me aprieta una mano. Mi madre la otra…

15 de noviembre de 2007. Esta mañana, antes de salir el sol, ha muerto mi madre sin haber reblado nunca, luchando toda su vida por sus hijos, por la dignidad de la mujer, por la gente sola, por la democracia como concejal del primer ayuntamiento democrático de Sariñena… Sólo le he pedido a Dios una cosa: estar junto a ella en el momento de su muerte anunciada y poder cerrar sus ojos. Lo hago mientras canto para mí: “¿Quién te cerrará los ojos, tierra cuando estés callada…?” Tú, madre, has sido mi patria, mi mundo, el puerto en tierra firme al que volver siempre con los mástiles desarbolados…

Agosto de 2008. Aruej, la casa donde nació mi padre en Villanúa, en el corazón del Pirineo, con toda esa tierra en la que echaron la vida mis abuelos, ha sido vendida para convertirse en un proyecto inmobiliario y turístico. Camino por el cementerio de mis antepasados, lleno de zarzas. Me asomo al viejo torreón que un día controló el paso de la gente por este valle, con sus ventanas y sus saeteras en las que ulula ahora el viento del norte en el invierno. Intento entrar en la vieja iglesia románica donde durante mil años se han detenido a descansar los peregrinos del Camino de Santiago y en la que celebré una de mis primeras misas junto a mi abuela y mi tía, guardianas durante años de santos y cálices. Hoy yace con el techo caído, abierta a las tormentas, imagen también de la Iglesia de hoy. Contemplo el caserío donde nació mi padre, reventado y lleno de escombros, al que yo había soñado regresar con mis hermanos, “abrir sus ventanas… y levantar un árbol delante de la puerta” como lo conseguimos en Sariñena. Antes de que un pantano de ladrillos asole la historia y la memoria, cojo una pequeña piedra caída de sus muros para que mis hijos, cuando crezcan, puedan seguir tocando la tierra sagrada e ingrata de la que vinimos.

23 de junio de 2010. Mi cincuenta cumpleaños. “He puesto sobre mi mesa todas las banderas rotas”… Como los discípulos de Emaús, también yo ando a ratos repitiendo aquella letanía del “nosotros esperábamos…” Jesús sale a mi encuentro, como siempre, renovando la fe y la esperanza. Lo importante no ha sido la victoria o la derrota, sino la lucha. Sin estas banderas, nunca hubiéramos salido de casa, nunca hubiéramos visto paisajes inimaginables ni conocido compañeros y compañeras que han llenado nuestros corazones, nunca hubiéramos vivido de veras. En esta mañana, con respeto y dignidad, las izo de nuevo en el mástil de mi corazón.

Querría decirte mucho más, más allá de tus canciones, para darte gracias también por tu vida de compromiso por Aragón, por tus años de político recio y honesto, por tu sabiduría de maestro, por tu cercanía al “paisanaje” de estos caminos de España que recorriste con una mochila al hombro…Me gustaría tomarme un café contigo para darte las gracias por todo este camino compartido. No sé si es posible ahora que andas, “regular, gracias a Dios”. Pero, como cristiano, sé que no nos van a faltar ocasiones. Tiempo habrá en la mesa compartida que aguarda con “un pan que en los siglos nunca fue repartido entre todos aquellos que hicieron lo posible por empujar la Historia hacia la Libertad”. Por ahora, al menos, quería darte un abrazo a través de estas letras. Gracias por enseñarme tanto. Sin ti no sería hoy el hombre que soy ni estaría criando tres hijos junto a Susana con la esperanza de que construyan un mundo más justo y fraterno, de que sean mejores que nosotros.

Te quiero mucho. Te queremos mucho.

(Publicado en la revista Quio, Nº 132, nov-dic. 2010, págs. 7-10)

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